AFINIA ‘MAL-DITA’ SEAS

Afinia ‘mal-dita’ seas, fue la expresión que lanzó mi vecina anoche, cuando a las 8:30 p.m. le quitaron la luz, mientras veía con su familia el programa de Yo Me Llamo.
Aunque no comparto el hecho de maldecir, creo que mi vecina habló por todos en el barrio y los demás sectores donde este 29 de julio suspendieron el servicio de energía por seis horas. Lo mismo había ocurrido la noche anterior.
Y no. La molestia de la gente no nace porque se haya perdido un programa de televisión. Nace porque dos noches consecutivas sin energía, en una ciudad donde el calor no da tregua, terminan convirtiéndose en una tortura. Mientras algunos intentaban dormir para madrugar a trabajar, otros trataban de calmar a sus hijos, espantar los mosquitos o simplemente buscar un poco de aire. Dormir era imposible. Descansar, un lujo.
Lo más preocupante es que esto ya dejó de ser una novedad. En Valledupar y en distintos municipios del Cesar los apagones se volvieron parte de la rutina. Cada vez que cae la noche, muchos se preguntan si podrán terminar de ver una película, conservar los alimentos en la nevera o, simplemente, dormir. Esa incertidumbre es, quizá, el peor síntoma de un servicio que hace rato perdió la confianza de sus usuarios.
Cuando Afinia llegó para reemplazar a Electricaribe, la promesa era clara: mejorar un servicio que durante años fue sinónimo de deficiencias. La expectativa era enorme. Los usuarios creyeron que, por fin, terminaría la era de los apagones y comenzaría una etapa de estabilidad. Sin embargo, para muchos ciudadanos la realidad terminó siendo muy distinta.
Hoy son miles los usuarios que sienten que cambiaron un problema por otro. Las facturas siguen llegando puntuales, pero la estabilidad del servicio parece seguir de vacaciones. La energía se va cuando menos se espera, regresa horas después y, mientras tanto, la vida de las familias queda en pausa.
No se trata únicamente del calor. Detrás de cada apagón hay comerciantes que pierden ventas, pequeños negocios que ven afectada su operación, alimentos que se dañan, equipos que corren el riesgo de averiarse, estudiantes que no pueden preparar sus clases y trabajadores que al día siguiente deben cumplir su jornada después de una noche prácticamente en vela.
Y ahora aparece un nuevo capítulo en esta historia. En agosto comenzará una nueva etapa con la entrada de Atenea como operador. Pero, lejos de despertar entusiasmo, el anuncio ha sido recibido con escepticismo. La pregunta que más se escucha en las calles no es cuándo llega la nueva empresa, sino si realmente algo va a cambiar.
La desconfianza tiene una explicación sencilla: las promesas ya no alcanzan. Después de años escuchando anuncios de mejoras, inversiones y transformaciones, la ciudadanía dejó de creer en los discursos. La gente ya no quiere comunicados; quiere un servicio que funcione. No quiere excusas; quiere resultados.
Las empresas prestadoras de servicios públicos deberían entender que la energía no es un privilegio. Es una necesidad básica. En una ciudad como Valledupar, donde las altas temperaturas hacen parte de la cotidianidad, dejar a miles de familias durante seis o siete horas sin electricidad en plena noche no puede convertirse en paisaje ni mucho menos en costumbre.
Ojalá Atenea llegue para escribir una historia diferente. Porque si la única diferencia termina siendo el logo de la empresa y el color de los uniformes, el problema seguirá siendo exactamente el mismo.
Y mientras eso ocurre, la frase de mi vecina seguirá resonando en muchos hogares del Cesar. No porque la gente disfrute maldecir, sino porque cuando el cansancio, el calor y la impotencia se acumulan durante tanto tiempo, hasta las palabras terminan quedándose sin energía.
